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Estadio Nacional: Las luces y sombras del viejo Elefante Blanco de Ñuñoa

Luego de más de 17 meses, este sábado 27 de agosto el recinto deportivo más importante de Chile reabrió sus puertas para recibir el Clásico Universitario. Más de veinte mil personas disfrutaron, una vez más, la fiesta del fútbol en la cancha del Estadio Nacional. Se trata de la misma cancha donde hace 49 años otras veinte mil personas celebraron el corte de pasto como si fuese un gol, buscando acallar los gritos y el dolor de los oscuros momentos que vivía el país. En el mes de la memoria, navegamos por las luces y sombras del Estadio Nacional.  

Fue en 1962 cuando el llamado Elefante Blanco perdió su nombre. Bautizado así en 1938 por Arturo Alessandri debido a que el recinto era considerado una construcción tan grande que no lograría copar su capacidad de más 70.000 personas, el mundial de fútbol desmintió al expresidente.

A sus 86 años, sentado en el living de su casa, Sergio Navarro (86) busca en su memoria las palabras que le recuerdan la hazaña deportiva más grande en la historia de la Selección Chilena. “Un sueño increíble, maravilloso. Cómo olvidar la energía que había en el Estadio Nacional”, afirma el capitán de La Roja en el Mundial de 1962.

Además del Mundial, el estadio ñuñoíno también fue escenario de otros eventos deportivos internacionales. En 1948, 48 mil personas presenciaron la exhibición de boxeo entre el chileno Arturo Godoy y el norteamericano Joe Louis, y fue el 4 de julio de 2015, cuando la Selección Chilena se coronó campeón de la Copa América por primera vez.

A sus 84 años destacan también numerosas actividades artísticas, culturales e históricas. Fue escenario de la tan esperada apertura de Chile al circuito mundial de la música a inicios de los 90, con Rod Stewart y el show de Amnistía Internacional. Sin embargo, bajo esas luces, en los pasillos, camarines y graderías, se hunden parte de las sombras más oscuras de la historia chilena. El Estadio Nacional fue el campo de concentración más grande de Chile durante los primeros meses de la dictadura de Augusto Pinochet.

Nunca ha sido posible determinar cuánta gente estuvo presa en el recinto. Las cifras oficiales de la Junta Militar dan cuenta de cerca de siete mil personas, sin embargo, los ex presos y presas afirman que fueron fácilmente más del triple. “Todos los días, entre las once de la mañana y las tres de la tarde, iban dejando en libertad a mucha gente y por las tardes, traían camiones llenos de prisioneros. Hay compañeros que estimaron que por el Estadio Nacional deben haber pasado más de cuarenta mil personas en dos meses”, cuenta Wally Kunstmann (80), ex presidenta de la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional.

Pero once años antes, en las mismas graderías, en la misma pista de cenizas, en la misma cancha, Chile daría que hablar a las futuras generaciones por algo muy diferente: llegar por primera y única vez a semifinales de un mundial y ocupar el tercer lugar entre los países en competencia.

¡Oooh, gol de Chile!

“Con el número cuatro, Sergio Navarro”, se escucha por un renovado altoparlante del Estadio Nacional. 70 mil personas aplauden de pie al capitán de la Selección Chilena.

En mayo de 2022 se cumplieron 60 años desde que el árbitro ruso Nikolaj Latychev dio el pitazo inicial a la séptima edición del Campeonato Mundial de Fútbol en 1962, cita en que la Roja se impuso por 3-1 a Suiza.

La Copa Mundial de 1962 contó con cuatro sedes: Arica, Viña del Mar, Rancagua y el Estadio Nacional en Ñuñoa, Santiago. El recinto ñuñoíno albergó diez partidos, incluyendo el triunfo por 1-0 ante Yugoslavia que le otorgó a Chile el tercer lugar del campeonato. “Era maravilloso, hermoso, con su pista de cenizas que rodeaba toda la cancha. El Estadio Nacional en esos años tenía una capacidad para cerca de 80.000 personas y los chilenos disfrutaron tranquilos de la fiesta del deporte”, recuerda Sergio Navarro. A seis décadas de la hazaña de La Roja, Navarro se teletransporta en su mente al Nacional. “Es el lugar donde he sido más feliz”

Diez días en el infierno

“Luis Rubilar”, se escucha por el maltratado altoparlante del Estadio Nacional. Las pocas conversaciones que había alrededor se transforman en un murmullo distante.

Luis Rubilar (79), preso político en el Estadio Nacional entre el 2 y el 12 de octubre de 1973, sentado en las tablas del sector norte, está lejos de sentir la alegría que sintió Sergio Navarro al escuchar su nombre por los parlantes del recinto ñuñoíno.

“Me llamaron por altoparlante una vez en los 10 días que estuve en el Estadio Nacional. Cuando uno escuchaba su nombre era terrible, porque nadie sabía lo que te podía pasar. En mi caso lo pasé bastante mal, me aplicaron corriente en la ingle y en las partes sensibles de mi cuerpo, incluida la boca, que hasta el día de hoy me traen secuelas, pero comparado con otros compañeros, fui afortunado”, recuerda Luis.

Luego de las primeras semanas como centro de detención, se le permitió a los detenidos salir a las graderías. Esto se convirtió en una rutina de las primeras horas de la mañana y posteriormente de algunas tardes. Los prisioneros podían hacer ejercicios y compartir entre ellos, pero también transformó a las gradas en un lugar de espera donde eran llamados a interrogatorios y torturas.

“Fue muy chocante ver como un espacio que era de esparcimiento, popular y lleno de vida, se transformó de la noche a la mañana en un lugar tan oscuro y cruel. La transformación del Estadio Nacional con esa connotación fue algo simplemente terrible”, reflexiona Luis.

Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo

El debut de Chile en el mundial de 1962 no comenzó fácil, ya que la Selección Chilena comenzó perdiendo apenas a los seis minutos del primer tiempo, pero la mítica frase de Carlos Dittborn resonaba en la cabeza de los jugadores una y otra vez. Chile terminaría ganando por tres goles a uno gracias a la gran actuación de Leonel Sánchez. Así, se comenzó a pavimentar la senda al tercer lugar del mundo.

“En el Estadio Nacional hubo cosas maravillosas, haber ganado el tercer lugar en ese recinto fue un acto de heroísmo. Jugamos con suplentes el último compromiso, durante el partido se nos lesionaron tres jugadores más y a pesar de todo, Chile le ganó a Yugoslavia. En el estadio vivimos explosiones de felicidad inexplicables”, cuenta el capitán de la Roja.

Sergio tuvo que ver ese partido desde las graderías, como un hincha más, ya que días antes había sufrido una lesión de ligamentos en su rodilla que lo dejó fuera.

“Nosotros estábamos empecinados en ganar, ganar y ganar. Hacer un papel bonito frente a chilenas y chilenos en el mundial y lo logramos. El recuerdo de lo que logramos en el Estadio Nacional nunca será olvidado”, afirma.

El gol de la esperanza

Mientras permanecían en la galería, se hizo habitual para los presos y presas mirar al jardinero que mantenía la cancha y el pasto, como una forma de distraer su atención de lo que estaban viviendo. Cada vez que se acercaba la cortadora de pasto a los arcos, los detenidos que esperaban su turno entonaban un emocionado grito de gol al unísono.

Wally Kunstmann recuerda los testimonios de quienes vivieron esa escena entre los meses de septiembre y noviembre de 1973: “Fue increíble lo que se vivió. La gente que estaba con ese dolor presa tuvo la posibilidad de que su espíritu los llevara más allá del momento triste. Se olvidaban del miedo”.

Es inevitable que el Estadio Nacional genere emociones contradictorias. “Me demoré más de 15 años en volver a ir al Estadio Nacional”, cuenta Luis al borde de las lágrimas. “No podía. Yo soy fanático de la U y no pude ir más a verla. De a poco lo he ido superando. Hoy voy todos los 11 de septiembre, sagradamente, a recorrer los espacios de memoria. El estadio es una ambivalencia total todavía para mí, la herida sigue ahí”.

En noviembre de 1973 el Estadio Nacional tuvo que ser rápidamente desalojado, detenidas y detenidos políticos fueron trasladados a distintos puntos del país, muchos de ellos al norte de Chile. La Selección Chilena debía recibir a la Unión Soviética en el Estadio Nacional para lograr su clasificación al Mundial de Alemania. El rival se negó a jugar en aquel recinto y Chile tuvo que jugar frente al fantasma de la historia. Mientras en el interior del estadio miles de personas eran torturadas, el verde césped estaba intacto esperando a La Roja.

El coliseo ñuñoíno abrió sus puertas a los hinchas el 21 de noviembre y acudieron alrededor de 16 mil personas. En el campo de juego, los jugadores de Chile cantaron el himno sin rival. Inició el partido y comenzaron a tocar la pelota entre ellos. No hubo nadie del otro lado que pudiera quitárselas. Finalmente, llegaron al arco rival y a los 30 segundos Francisco “Chamaco” Valdés empujó la pelota anotando el gol. Chile se clasificó al Mundial y el Estadio Nacional volvió a ser del deporte.

Un pueblo sin memoria, es un pueblo sin futuro

“La gente no se ha olvidado”, manifiesta Wally Kunstmann. “La primera vez que nosotros abrimos el Estadio Nacional para un 11 de septiembre llegaron ciento setenta y siete personas a visitar los lugares de memoria. En cambio, la última vez, entraron 45 mil personas a visitar los lugares de memoria. Chile no se ha olvidado”.

Al día de hoy, gracias al trabajo de la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional, el estadio cuenta con nueve espacios de memoria en sus instalaciones. Algunos de estos son la Escotilla 8 donde los prisioneros grabaron con llaves mensajes; las Graderías de la dignidad donde fue posible encontrarse con amigos e intercambiar información; y el Camarín 3 en el cual un prisionero que era sacerdote ofició una misa y entregó la comunión a cada prisionero.

“El Estadio Nacional debe hacerse cargo que no siempre fue del deporte. En un tiempo fue de angustia, dolor, temores y muerte”, afirma Wally Kunstmann. “Lograr incorporar el tema de los derechos humanos al recinto deportivo más importante de Chile y que puedan convivir las dos historias, sin pelear, pero sin olvidar, hace que se pueda seguir y se pueda ser feliz en ese lugar”.

El Estadio Nacional es un espacio donde se congrega el deporte, la democracia y la memoria. Gracias al empuje de la comunidad, donde hubo dolor, hoy también cabe la alegría y el encuentro.